Vacaciones de Salud
 
 
 

                                                             

La depresión (del latín “encogimiento o abatimiento”) es uno de los trastornos que el/la profesional de la salud mental tiene que afrontar con mayor frecuencia en los tiempos actuales. Asistimos a un aumento importante de la depresión en nuestras sociedades occidentales y desarrolladas, cuyas causas son estudiadas, además de por l@s especialistas de la salud mental, por sociólog@s, filósof@s, teólog@s, antropólog@s así como neurocientífic@s. 

Las estadísticas sobrecogen. Más de 300 millones de personas en el mundo padecen depresión. 20 millones de norteamericanos padecen esta enfermedad. En nuestro país, 2,5 millones de personas sufren depresión, casi el 5,5% de la población. Se prevé que, en 2020, sea la enfermedad más discapacitante del mundo, con los costes económicos que ello comportará. En 2025, podría convertirse en la enfermedad más prevalente del mundo. Cerca de un millón de personas se suicidan todos los años en el mundo, si bien, y ése es un dato desconocido en muchas ocasiones, sólo el 27% de los casos obedece a una depresión en sentido estricto (sin confundirlo con otras patologías), frente a la creencia popular, aunque si es cierto que, en casi el 75% de los casos de suicidio, hay enfermedades mentales subyacentes.

Por otro lado, no está claro que exista una relación entre el desarrollo socioeconómico de una sociedad y la prevalencia de la depresión, dado que es evidente que en las sociedades desarrolladas también son mejores los métodos diagnósticos, hay una mayor conciencia sobre la enfermedad, asi como son mayores posibilidades de ser atendidos en los servicios y unidades de salud mental. De cualquier forma, deberíamos acotar, lo mas concisamente posible, de que hablamos cuando nos referimos al termino depresión, porque no todo lo que se denomina depresión conlleva el padecimiento real de esta enfermedad.

La depresión es un trastorno mental caracterizado, en mayor o menos grado, por diversos síntomas de la esfera de lo afectivo y del pensamiento: tristeza, anhedonia, apatía, desmotivación, anergia, desesperanza, astenia, falta de interés por todo, ansiedad, e incluso, ideaciones de muerte o planificación de la misma en sus estados mas graves, conduciendo al suicidio. Una tendencia al aislamiento social y trastornos en la alimentación y el sueño, suelen acompañar también a la depresión.

De cualquier forma, limitar la depresión a tristeza, es limitar la realidad de este trastorno de una forma que puede ser incluso peligrosa, pues sentimientos profundos de vacío, de desmotivación, de fracaso, de faltas de ilusiones, de incapacidad para disfrutar de cualquier cosa, de desinterés por la vida, pueden preponderar en un cuadro depresivo y su desconocimiento nos podría hacer soslayar e ignorar el diagnóstico.

Aunque el grupo o núcleo principal de los síntomas giran alrededor de lo afectivo, la depresión tiene repercusiones cognitivas e incluso psicosomáticas: cefaleas, trastornos digestivos, trastornos cardiovasculares, alteraciones en la líbido, hipertensión, algias de todo tipo, pueden manifestarse en una depresión, apareciendo de una forma muy larvada en ocasiones, siendo por ello que en las consultas de Atención Primaria, muchas de las demandas de atención, sobre todo en ancianos, obedezcan mas a una depresión somatizada que a un cuadro orgánico en sí. Los sistemas de salud mundial, tan en el límite de su sostenibilidad, se ahorrarían ingentes cantidades de dinero si se asumiera la realidad de que el 30% de las visitas a atención primaria, al médico de cabecera obedecen a cuadros psicológicos y psiquiátricos, y no a enfermedades orgánicas.

Por otro lado, cada vez son más numerosos y preocupantes los estudios acerca de la relación entre depresión y determinadas enfermedades de gravedad, como el Alzheimer y el cáncer. La relación entre alteraciones o debilidad del sistema inmunitario (inmunodeficiencias) y depresión es cada vez más evidente, con el consiguiente riesgo de aparición o agravación de un proceso canceroso. Asimismo, está cada vez más demostrado la existencia de cuadros depresivos previos a la aparición de los primeros síntomas del deterioro cognitivo que se produce en  la demencia, por ejemplo, en el Alzheimer. 

Asímismo, en la depresión, aparecen las llamadas alteraciones de las funciones cognitivas, aquéllas que nos permiten llevar a cabo cualquier tarea diaria en base a los procesos mentales que nos permiten recibir, almacenar, elaborar la información que nos llega del exterior, del entorno medioambiental: dificultades en la atención sostenida, alteraciones de la memoria, en la orientación, alteración en diferentes gnosias, alteraciones en las funciones ejecutivas (habilidades o funciones complejas y difíciles de definir que nos permiten dirigir la atención, planificar acciones, organizar las mismas, así como la regulación de la conducta intencional) o cambios en los diferentes patrones del habla.

La depresión puede llegar a ser recurrente o crónica, con lo que el desempeño de una vida laboral, familiar, conyugal o social, se hace muy dificultoso, dadas las implicaciones que este trastorno tiene en la vida diaria de una persona.

Existen diversas causas que conducen a la depresión: factores genéticos, heredados, factores biológicos o factores medioambientales. Un componente familiar con frecuentes casos familiares de depresión puede predisponernos a padecerla. Por otro lado, diferentes medicamentos, por ejemplo los B-bloqueantes para la hipertensión arterial, así como  diversas enfermedades orgánicas, como las enfermedades cardiovasculares, el hipotiroidismo o el Parkinson, pueden conducirnos a estado depresivos.

Entre las vivencias externas, medioambientales, las causas son múltiples. Vivencias como la  pérdida de un ser querido, rupturas conyugales, problemas laborales, económicos, siendo el desempleo la causa más frecuente, enfermedades graves o discapacitantes, traumas diversos o dificultades para la adaptación a cambios vitales, en general, incluidos los factores referidos anteriormente.

Por otro lado, el especialista debe investigar sobre el cada vez mayor consumo de drogas, como pueden ser el alcohol, la cocaína, el cannabis y otros tóxicos. En ocasiones, no está claro si el consumo precede al estado depresivo o bien es la consecuencia del mismo. En cualquier caso, la patología dual (toxicomanías más enfermedad mental) es lo que más prevalece en el  consumidor de drogas.

En la depresión, se producen diversos cambios bioquímicos, como subidas evidentes del cortisol, o bien alteraciones en los neurotransmisores, por ejemplo, la serotonina, la noradrenalina o la dopamina. Factores ambientales preceden a estos cambios, que, en realidad, no producen inmediatamente los referidos cambios, sino más adelante y con el tiempo.

Atendiendo a los manuales internacionales de Psiquiatría (DSM y CIE), existen diversos tipos de depresión, que podríamos resumir de la siguiente forma:

  • Distimia

Un estado depresivo de, al menos, dos años de duración, de menor gravedad que la depresión mayor, no incapacitante para la vida diaria, pero que puede ser recurrente y producir un intenso malestar afectivo y cognitivo

  • Depresión Mayor

Suele ocurrir sólo en una ocasión en la vida del/ la paciente pero también puede ser recurrente, siendo un estado más grave en la que la persona tiene grandes dificultades para afrontar la vida diaria y en la que pueden aparecer ideaciones de muerte, incluso deseos de suicidarse. Puede complicarse con episodios psicóticos.

  • Trastorno Bipolar, antiguamente llamado trastorno maníaco-depresivo. De menor prevalencia que las anteriores, se producen cambios de ánimo, generalmente no bruscos, en los que los estados depresivos se alternan con los estados de euforia o hipomanía, en mayor o menor frecuencia.

Sin embargo, existen enfermedades mentales  como los trastornos de personalidad, los más difíciles de tratar a nivel psiquiátrico en donde, periódicamente, se producen fuertes depresiones, como es el caso del trastorno límite de personalidad, muy difíciles de controlar por el componente especial de impulsividad que subyace en el cuadro así como por la propia alteración de la personalidad, que, en sí misma, hace al paciente más vulnerable a los factores socio ambientales. Por otro lado, es un trastorno, junto a otros trastornos de la personalidad, no siempre bien detectados y diagnosticados.

Resaltar el enorme y preocupante incremento, frente a las creencias y al desconocimiento tradicional en esta temática, de la depresión (y del suicidio) entre niños y adolescentes. Sólo con decir que el suicidio puede ser, en poco tiempo, la primera causa de muerte entre adolescentes, observamos la gravedad del tema.

El diagnóstico de la depresión es clínico, basado en los síntomas y signos referidos, lo cual exige una minuciosa exploración del especialista, pues no todo malestar emocional es una depresión. Es importante que la sociedad se conciencie de la importancia de la depresión, pues muchas veces es el propio entorno el que debe hacer inducir al paciente a una toma de conciencia, superar prejuicios sociales que aún persisten en la sociedad en relación a la salud mental y sus terapeutas, y acudir cuanto antes a su médico de familia o directamente a un especialista en salud mental porque, cuanto más precozmente se detecte y menos recurrencias de la misma existan en su historial y devenir clínico, mejor será el pronóstico.

A pesar de la gravedad de esta enfermedad, la depresión es un trastorno con tratamiento eficaz, sobre todo, cuando se produce una alianza entre el paciente, la familia y el especialista y cuando se detecta antes de su cronificación o recurrencia. Un adecuado plan terapéutico, que incluya un tratamiento farmacológico-psiquiátrico (sobre todo en casos moderados y graves), necesario a pesar de ciertas resistencias sociales, mas basadas en prejuicios y estigmas así como en desconocimientos sobre los mismos, así como un apoyo psicológico de la enfermedad, por ejemplo, con terapias cognitivo-conductuales, interpersonales, terapias de grupo, así como consejos sobre hábitos higiénicos, pueden hacer que el paciente supere con éxito esta grave enfermedad.

No quisiera terminar este trabajo sin hacer constar, como decía al principio, que no siempre hablamos de una depresión cuando aludimos a ella o el paciente siente que la tiene.

Vivimos una época, sobre todo en Occidente, en donde el malestar general se extiende por doquier. La irritabilidad en determinados contextos y situaciones es casi una forma de relacionarse. La neurosis es la plaga de nuestra época, incluso más que la depresión. El ciudadano de las grandes urbes y de los países desarrollados cada vez siente más insatisfacción y un mayor sentimiento de frustración y fracaso personal. Remitiéndonos a las palabras y los ensayos del genial sociólogo, Zygmunt Bauman y a sus observaciones psico-sociales y filosóficas, nucleadas en sus numerosos libros y ensayos en torno al concepto de “sociedad líquida”, se podría decir que vivimos una época con escasas referencias y valores sustanciales que nos acompañen en nuestro devenir vital. Han muerto, o están muy debilitados, muchos de los pilares (la estructura familiar, las ideologías, la estructura laboral, etc ) que para bien o para mal, nos sostenían en nuestra existencia, abocándonos a un mundo de contenidos morales y sociales, líquidos, perecederos, que son conceptos, metafóricamente hablando, contrarios a lo solido y duradero. Como bien dice Bauman, esto nos conduce a una sociedad insegura ante el futuro, que reacciona de una forma inmadura e infantil, incapaz de afrontar la frustración, superar la adversidad, o adaptarse a las circunstancias, a veces duras, que la vida supone.  

Las exigencias de felicidad a toda costa que hoy padecemos (el “felicismo” actual, y perdonen el neologismo, exclusivamente de mi responsabilidad) por parte, sobre todo, de los medios de comunicación y de ciertas multinacionales que nos alientan a un consumo desaforado “para ser felices”, a tener en vez de ser, como decía el clásico filósofo griego, la enorme competitividad, la inseguridad laboral, la falta de tiempo para el descanso, la conversación, o el simple ocio, la desintegración familiar, hacen de nuestras poblaciones una enorme bolsa de personas con el malestar emocional al que aludía anteriormente, y que no siempre se corresponde con una depresión, como se ve en numerosas ocasiones en las consultas del especialista, sino a un malestar emocional, en ocasiones, más abordable desde otros ámbitos, sociales, filosóficos e incluso políticos, que desde lo estrictamente considerado como enfermedad mental. En todo caso, sería más acertado considerarlo como una enfermedad moral y social que se extiende, tan de nuestros tiempos, y que se llama insatisfacción personal.